Apenas nada

Quiso la casualidad que fuera precisamente aquella misma mañana en la que se disponía camino de la oficina de desempleo en busca de alguna buena noticia que consiguiera alegrarle el día cuando escuchara en la radio del coche a varias personas discutiendo con fervor acerca del tema.

No se podía, era imposible, nadie estaba mentalmente preparado para hacerle frente, de ninguna manera, la cuestión estaba bastante clara, no existía forma posible de superar semejante trauma, simplemente se aprendía a convivir con ello, eso en el caso de que se lograra llegar a convivir, no había más.

Cuando conoció la noticia por primera vez, hecho que le anduvo marcando hasta el acelerado fin de sus días, se encontraba borracho en el salón de su casa mientras contemplaba el televisor con gran expectación tratando de adivinar algo más acerca de aquella máquina de afeitar con seis cabezales que tan buen resultado le estaba dando al barbado hombre que la sostenía entre sus manos.

Balanceándose con fría indiferencia entre el contoneo de los hielos y la humareda del tabaco negro, el teléfono sonó de manera imprevista desatando un extraño presentimiento en su corazón, a fin de cuentas, eran las dos y cuarto de la madrugada.

De modo que tras posar el vaso sobre la mesa se lanzó a remediar el incesante aullido mientras meditaba acerca de los dolores de cabeza que aquel teléfono le estaba causando desde que decidió instalarlo, desde luego todo resultaba más fácil cuando vivían todos juntos en la casa familiar.

Un instante antes de alcanzar la repisa donde se alojaba el teléfono, éste dejó de sonar.

Indignado ante la jugarreta sin gracia que el destino y el tiempo y todos los factores que debidamente alineados son capaces de generar ese tipo de situaciones irritantes, volvió con paso lento hacia el salón.

En vista de lo vacío de su vaso se desplazó a rellenar su contenido en la cocina antes de acomodarse de nuevo, de forma que una vez más siguió el mismo proceso, un par de hielos, un generoso chorro de ginebra y otro tanto de limón.

Animado por la idea de un nuevo trago humedeciendo su paladar, regresó sobre sus pasos y tras despejarlo de cojines, se sentó en el sofá con la certeza de que aquella máquina de afeitar era lo que llevaba necesitando bastante tiempo, quizá también esa otra cubertería, o ese otro afilador de cuchillos profesional, lástima que no estuvieran los chicos allí, ellos sí que hubieran sabido bien que escoger, el problema era que la justicia ya había decidido y contra eso, por desgracia, nada se podía hacer.

Estando del todo inmerso en una serie de reflexiones acerca de cómo su vida se había ido desmoronando a partir de la separación, el teléfono volvió a sonar de nuevo.

Completamente rabioso ante el atentado que aquel aparato estaba cometiendo contra su tranquilidad y su divertimento nocturno, se alzó enfadado de entre las faldillas dispuesto a poner fin a todo el asunto.

Así que tras soltar de nuevo el vaso, salió del salón a grandes zancadas, atravesó el escueto pasillo y con paso firme se plantó ante el teléfono posando el auricular sobre su oreja derecha.

De inmediato, oído todo lo que debía de oír, cayó en la cuenta de que tenía muy poco tiempo, de hecho ya debía de estar preparado y en camino, por lo que tras subir las escaleras de dos en dos, llegó hasta su habitación y entre sollozos irreprimibles comenzó a cambiarse de ropa incapaz de dejar de pensar en todo lo sucedido, para entonces su corazón ya andaba echando fuego.

Una vez ya vestido de calle, volvió a bajar las escaleras con sorprendente agilidad, remató de un largo trago su copa y con el mando a distancia apagó el televisor.
Tras asegurarse de que la llave estaba echada en la puerta, salió al exterior donde su coche le estaba esperando aparcado a escasas calles de distancia.

Un rápido acelerón en el que fue inevitable imaginar su pequeño cuerpo tendido inerte sobre el asfalto y en cuestión de escasos minutos consiguió situarse en la avenida principal que conducía a las afueras de la ciudad donde todo el mundo, los que pudieran acudir y se hubieran enterado, no en vano eran cerca de las tres de la mañana, imaginó, le andarían ya esperando.

Aún preso de un tremendo estado de shock lo cierto es que se veía incapaz de poder comprender el porqué, el porqué de todo ese tipo de cosas que cada día suceden, era así, todos esos miles de sin sentidos que apagan las vidas y encienden el dolor, desde luego, merecían algún tipo de explicación, no valía con decir lo siento, eso no servía.

Quizá todo aquello, por un instante lo creyó posible, quizá todo, la llamada, el dolor, el nudo en la garganta, se trataran de un simple sueño, una terrible pesadilla sin fundamento de la que poder escapar.
Pero, joder, ¡quién iba a poder ni pensarlo!, esas cosas nunca se esperan, le había tocado a él, la muerte de un hijo, por Dios, la muerte de un hijo es algo que nunca se llega a suponer, resulta imposible prever tan inmensa desgracia, nadie debería de sufrir así, ahora encajaba todo, le había tocado a él, tenía que sucederle a él, para que tirara todo por la borda, para que ya no pudiera aguantar en pie.

La muerte, ¡pero quien iba a poder imaginárselo!, nadie quiere saber nada aunque siempre llega, la muerte siempre está aquí y no la vemos y cuando llega ya no da tiempo a nada…apenas nada…apenas nada.

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